Después de seis horas de viaje, alrededor de las 23:00, llegué por fin al albergue. En mi habitación me esperaban diez camas distribuidas en literas. Ocho de ellas estaban vacías, una novena la ocupaba un alemán con agitadísima verborrea sonámbula, y la décima estaba destinada a mi merecido descanso. Fui testigo, mientras me acomodaba, de toda clase de aventuras indescifrables que mi altruista compañero de habitación quiso contarme.
Guardo mi maleta en una taquilla asegurándola con un grueso candado que había preparado para la ocasión. Molido y a pesar del hambre y de mi estómago, que resulta que sabe alemán y se pone a charlar con mi compañero de habitación, me echo en la cama dispuesto a dormirme. Todo lo he guardado en el armario salvo las llaves del candado, la tarjeta magnética que abre la habitación, y el móvil, que me habrá de despertar a las 8:30 de la mañana. Duermo con la misma ropa con la que llegara hacía media hora. La temperatura es inmejorable.
Tras cerrar los ojos pienso que mis pertenencias (llaves, tarjeta y móvil) pudieran no estar seguras en el bolsillo de mi pantalón, así que, más por comenzar bien el viaje que por desconfianza, decido que el mejor lugar para acomodar mis tres piezas claves es el interior de mis calzoncillos. Pronto compruebo que no es lo más cómodo del mundo, pero lo asumo con toda la naturalidad que permite un manojo de llaves clavado en la nalga. Lo último que recuerdo haber pensado antes de dormir fue el extendido consejo de alejar los móviles de los genitales, por eso de las radiaciones y su efecto sobre la fertilidad masculina. Unos días antes había leído en un artículo parte de un estudio científico alemán que confirmaba el rumor. Afortunadamente, mientras le doy vueltas a los pros y los contras de mi situación, el móvil emite un sonido agónico: batería baja. Victorioso, pienso que en ese estado no podrá ser muy peligroso.
Y así, no sin ciertas dificultades, logré dormirme con aquellas llaves tatuándome la nalga derecha, muerto de hambre, y maldiciendo a la patria alemana por sus sonámbulos parlantes y sus científicos agoreros.